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Por Olga Gayón, Bruselas
La primera vez que tomé dos agujas con lana fue en la escuela primaria en un pueblo diminuto, quizás con 20 casas, y que chupaba alumnos de todos los confines. En los cinco cursos de primaria, tal vez éramos unos 120, venidos de todas las casas de veraneo y de las fincas de cultivos campesinos de la zona. Las edades oscilaban entre los siete y los 25 años. Entonces, los alumnos de las escuelas del campo ocupaban la franja de edad que en las ciudades iba desde la escuela primaria hasta último año de la universidad.
Mis manitas para tomar las agujas puntudas e insertar la lana en ellas eran más pequeñitas de lo normal. A pesar de estar en tercero de primaria era la alumna más pequeña de la escuela en ese entonces y en toda su historia. Tenía seis años y ya iba en el grado de los niños de 9 u 11 años Yo, por supuesto, intentaba, ante mis compañeros de curso, aparentar y afirmar que tenía más edad. Pero mi tamaño me traicionaba; incluso andaba por debajo de la media de las niñas de seis años de la época. En fin…
Recuerdo la lana roja que comenzaba a dar forma de algo parecido a un jersey en mis agujas grises. Cada puntada que daba con mis deditos torpes era un paso hacia esa felicidad que descubrí de compartir, de intercambiar con los otros momentos memorables. Porque mientras las señoritas y las niñas tejíamos, dirigidas por la profesora del curso, cantábamos canciones que sonaban en las emisoras de radio, y eso era, con toda la pasión que entonces ponía en lo que hacía, rozar el cielo. Y yo, aprovechando que decían que mi voz era prodigiosa para cantar, presionaba con mi sonrisa desdentada de la peque de la clase, para que todas entonásemos canciones de Nino Bravo, Joan Manuel Serrat, Piero y NIcolá Di Bari. Vamos… que ya se me veían ciertas rebeldías.
Allí, en esa escuela gigante de mi pueblecito de pocas casas, con la lana roja, la música roja, y mis ideales rojizos, comencé a tejer mi propia historia que hasta hoy, más de cincuenta años después, no solo no ha cambiado de color, sino que con cada año, se teje más apasionadamente roja. ¡Madre mía, qué roja soy!
Han sido décadas en las que he trenzado microscópicas y colosales historias. Todas ellas saciadas de triunfos y derrotas. ¡Cuánto he llorado al creerme infalible y cuánto he reído al saberme desvalida!
Me he tejido miles de veces pero jamás he osado destejerme. ¿Para qué? ¿Para borrar ante los otros mi fragilidad? ¡No! Mis debilidades, lo he comprobado, han sido la columna vertebral de mis futuras corpulencias. Nadie se ha tejido sin nudos antiestéticos. Ellos, si los deshacemos, si intentamos borrarlos de nuestra historia, tarde o temprano refulgen, y si hemos intentado taparlos, quizás cuando brillan, pueden, en realidad, avergonzarnos.
Pero hoy, ahora que las luces refulgen para hacerme sentir que brillo sin disonancias, nuevamente vuelvo a tomar mis agujas, y esta vez con una lana de color azul cielo, azul mar, azul río, azul aurora, azul montañas en le horizonte, para urdir una nueva vida que tal como se anuncia, será roja rutilante… ¡Como es mi costumbre que, aunque todo cambie, solo lo rojo me proyecta! Vamos, todo lo que soy, he sido y lo que nunca dejaré de ser. Como tú, como todas, sin duda, una más entre los millones de mortales.
Imagen de portada: Zulema Ortega CC BY-NC-SA 2.0 DEED via FlickR
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